La aspiración a lo alto

También los griegos vieron a un dios como modelador del hombre. En su caso fue Hefesto, el dios de la forja y el fuego, el creador de la metalurgia. Al hombre también lo modeló de una mezcla de tierra y agua, y fue el mismísimo Zeus quien, después, dotó a esa forma de voz humana. Nuestra voz, nuestra capacidad de articular palabras, fue el regalo del dios.

Algunas versiones posteriores de la mitología griega hablan de que fue Prometeo quien modeló al hombre con arcilla y le infundió luego la vida con su aliento.

Y justo ese principio -cual spoiler antediluviano- determina también el final:

«Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás»

Génesis 3:19

Sin embargo, no es todo tan sencillo. Ni lo que parece el final, tan concluyente.

He leído en Pedro Olalla una idea hermosamente expuesta. Algunas personas tienen la capacidad de saber expresar de forma sencilla conceptos y relaciones complejas, y, además, de hacerlo de una forma especialmente bella.

Se refiere Olalla a la etimología de la palabra griega que designa al hombre: ἂνθρωπος (anthropos), y dice que los antiguos le llamaban así porque «miraba al cielo». Al parecer, los lingüistas de hoy en día no han encontrado una propuesta consensuada sobre el origen de esa palabra, pero los antiguos lo tenían más claro y especulaban con la idea de que hubiera derivado de una frase que hablara de atributos inherentes al hombre: la observación, el logos, la aspiración a lo alto.

«Anthropos era, pues, el que tiene la voz articulada, el que reflexiona sobre lo que ve, el indagador, pero, sobre todo, el que tiende hacia arriba, el que siente un impulso hacia arriba, el que vuelve sus ojos al cielo»

Todas esas ideas aparecen, según Olalla, en textos de Platón, Orión de Tebas, Meletio y otros.

Ideas sugerentes que no ofrecen ninguna duda sobre lo que era el ser humano para la civilización griega y que se oponen diametralmente a lo que deja entrever la noción de homo, como dice Olalla, «un nombre apegado a la tierra», puesto que derivaría de humus, la capa superficial del suelo, según la RAE:

«Capa superficial del suelo, constituida por la descomposición de materiales animales y vegetales».

Y en esas estamos, amigos. Un ser creado de tierra y agua, lodo, arcilla, humus, moldeado en el torno de un dios artesano, que, sin embargo, recibe el regalo divino de la voz y la semilla de la inmortalidad. Que nace de la tierra, pero que tiende al cielo. ¿No es una hermosa idea?

Olalla la expresa así:

«Ahora que me detengo a pensarlo en el amplio silencio de la noche, homo y anthropos parecen nombrar dos naturalezas fundidas en la trágica figura del hombre: homo, su terrosa sustancia; anthropos, su vocación de altura. Su humilde pequeñez y su humilde grandeza. Su afán por dominar la tierra y su extraña nostalgia del cielo».

Ahí estamos nosotros, de pie sobre esta tierra de la que procedemos, levantados verticalmente sobre el suelo, con la cabeza ligeramente alzada, contemplando el cielo, ese trozo de Universo que nos acompaña, y tratando de no tropezar.

Olalla lo ve así:

«Creo que es esta imagen del ser humano contemplando el cielo la que mejor acierta a retratarlo como un ser portador de un extraño vacío; como un ser incompleto, perplejo, inadaptado, inquieto, interrogante; consciente de su incapacidad de concebir el todo; frágil; apremiado por la urgencia de ubicarse en el mundo, y necesitado de creer en un dios al que no puede comprender.»

Duele hasta leerlo, ¿verdad? Vivimos sin saber qué somos, quién somos, creyendo que somos algo que procede de la tierra, cuando en realidad somos algo que procede del cielo y tiene el don de la inmortalidad. Pero es que, encima, ignoramos que hasta lo que procede de la tierra es vida infinita, capacidad de transformación y purificación, muerte y nacimiento tejiendo este mundo, generando vida sin pausa a través de la putrefacción.

Somos ignorantes. Sufrimos enredados en la maraña de nuestros pensamientos, recuerdos, deseos, frustraciones, la permanente búsqueda de felicidad, siempre fracasada porque la buscamos fuera de nosotros mismos, haciendo responsables a los demás de llenarnos ese vacío que parece un abismo. Vivimos pegados a la tierra, sin levantar la cabeza por miedo a tropezar, por miedo al dolor, al desamor, a la soledad. Siempre con miedo. Siempre solos.

Piensa Olalla, llegados a este punto, que somos seres en busca de sentido. ¿Cómo encontrarle sentido a nuestra vida, a nuestra presencia no solicitada en este mundo y a nuestra, igualmente involuntaria, salida de él? Somos seres en busca de sentido. Sin embargo, el don que nos hacen los dioses no es el sentido, sino la inquietud, señala. Y para cultivar esa inquietud tenemos lo que los griegos llamaban ὰγών (agón), el esfuerzo que lleva a la consecución de un fin, a la superación consciente de uno mismo.

Y concluye: quizá, lo que la divinidad espera de nosotros no es que encontremos el sentido, sino que lo busquemos.

La búsqueda, siempre la búsqueda. Aunque no sé si es el sentido, siempre tan ambiguo, lo que buscamos, o simplemente aproximarnos a conocer qué somos, quién somos. Qué significa nuestra existencia, nuestro ser y estar en este mundo, hacia qué señala. ¿Y dónde vamos a buscar esas respuestas, si no en nosotros mismos?

De pie sobre la tierra, en vertical, con la cabeza y la mirada levantadas al cielo, respirando profundamente, el pensamiento en quietud y la mente libre para ver, sin velos, sin ideas ni juicios, en silencio. Ver lo que somos, lo que somos todo el tiempo, nos hayamos dado cuenta o no, nos esforcemos o no, busquemos o no: el Ser, la vida inmortal, la plenitud, la consciencia ilimitada y siempre presente.

El artista Robert Llimós lo ve, nos ve, así. La escultura se llama «Miraestels».

El libro de Pedro Olalla del que habla esta entrada es «Palabras del Egeo», Acantilado, 2022.

La significativa imagen que preside el texto es una fotografía de Antoni Barber Moll, con el cielo nocturno de Menorca girando sobre una higuera.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Sí, cert! Cercaré una foto i la posaré a l’entrada! 🙂

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  2. Avatar de Carme Vicens Carme Vicens dice:

    Miraestels, d’en Robert Llimós:

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