Siempre me ha parecido que las opiniones están, en nuestra sociedad, sobrevaloradas. Si lo pensamos bien, no son tan importantes: todo el mundo tiene al menos una, y normalmente son expresadas sin rubor, o sin que vengan a cuento, y no se les exige ninguna «carta de legitimidad». Seguramente algunos programas de televisión, y las redes sociales, no han ayudado. Uno va y suelta su opinión, se la pidan o no, sobre los temas más diversos y muchas veces, desde la total ignorancia. Por eso me planteo que quizá Voltaire no hablaba de lo mismo cuando dijo, si es que lo dijo, eso de «No comulgo con tu opinión, pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a expresarla«. El alcance de tal declaración, posiblemente, iba más allá de lo que hoy en día llamamos «opiniones». Probablemente se refería a cuestiones más fundamentales y fundamentadas.
Estoy leyendo un librito del griego Theodor Kallifatides, a quien desconocía hace apenas un mes. Me gusta cómo escribe este hombre, cómo expresa con sencillez y belleza las ideas más complejas y las más simples. Me ocurre con él lo mismo que con el menorquín adoptivo, holandés de nacimiento, Cees Nooteboom: da igual sobre lo que escriba, siempre es una maravilla leerlo.
El escorpión
Cuenta Kallifatides en «Otra vida por vivir», que de niño vio cómo un escorpión, que había quedado atrapado en el centro de una pequeña hoguera, al intentar escaparse del fuego pero no encontrar la salida, se inyectó su propio veneno. Por lo tanto, concluye el autor, no es cierto que solo el hombre sepa del suicidio. Y sigue:
«Ciertas libertades democráticas me recordaban a ese alacrán. Son capaces de autodestruirse. Con procesos democráticos puede imponerse tanto la dictadura como la tiranía. Con elecciones democráticas puede llegar al poder un partido que quiera acabar con la democracia. Y puede anular el derecho a la Libertad de Expresión haciendo uso de ese mismo derecho. Puede incluso difundir la idea de que ese derecho debe ser abolido» expone Kallifatides.
«Eso es algo que todos sabemos, pero lo aceptamos como «el dilema de la democracia». En mi opinión, es un error. Las libertades democráticas deben estar al servicio de principios más grandes que ellas, como por ejemplo la paz o la igualdad entre los hombres, para no volverse autodestructivas.»
Es algo que llevo tiempo pensando, pero que jamás hubiera llegado a expresar tan bien. ¿Cómo podemos admitir en el sistema a quienes quieren destruir el sistema? Parece una pregunta con trampa, y quizá lo sea. Porque inmediatamente, cuando lo pienso, se me ocurre esta segunda parte de la pregunta: ¿y qué podríamos hacer con ellos, sería buena idea dejarlos fuera del sistema? Me temo que no tengo la respuesta a esa pregunta, pero no puedo evitar pensar, ante el avance de la extrema derecha en todas partes, que no tiene lógica admitir en nuestro sistema, en nuestros procesos democráticos, en nuestras instituciones democráticas, a quienes están dispuestos a utilizarlas para destruirlas, o para deslegitimarlas, o para quitarles su naturaleza democrática.
El dilema
Quizá estemos poniendo mucho énfasis en el cómo y mucho menos en el qué. O sea, tendemos a pensar que la democracia significa que cada cuatro años vamos a votar a nuestros representantes. Cuando realmente, lo fundamental de la democracia no es eso, esa sería una consecuencia lógica. Lo fundamental es que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos, que todas las personas tienen los mismos derechos y no pueden ser discriminadas ni privadas de esos derechos. Y ahí se nos ha colado de nuevo la nota discordante, porque, desde luego, también ellos tienen los mismos derechos.
Puede que el problema sea que no hemos conseguido los grandes consensos que, a estas alturas de la construcción de la Humanidad, deberíamos de haber conseguido. La Carta de los Derechos Humanos fue un intento de conseguir ese consenso, y todavía lo es. Pienso que esos derechos nunca deberían ponerse en duda, y esa debería ser una línea roja a mantener y respetar en cualquier situación, enfrentamiento, debate o discordia. Las libertades individuales nunca tendrían que estar por encima de esos derechos universales que todos compartimos. Y sin embargo, hoy son las libertades individuales las que ganan la partida.
Seamos claros. Cuando alguien defiende que un ser humano concreto es inferior a otro, esa opinión no debería ser validada por el sistema. No todo vale, no todas las opiniones son igualmente legítimas, y deberíamos defender lo realmente importante frente a quienes quieren destruirlo.
«La sociedad no quiere ni puede prohibir opiniones, únicamente acciones. Parece lógico, pero no lo es. Las opiniones no se consideran acciones, son intangibles, existen en el espacio y en el tiempo un poco como fantasmas. Las palabras no son sino aire comprimido. Por el contrario, las acciones son visibles. Mueves una silla de lugar en la habitación, y la habitación cambia».
Y sin embargo, todos sabemos que hay opiniones peligrosas, que ponen en peligro no tanto el sistema, que también, sino a las personas, que son más importantes que el sistema.
«Mi abuela no era periodista, ni filósofa, pero solía decir que «las palabras no tienen huesos, pero los rompen». Sabía lo que casi todo el mundo sabe: que una palabra puede hacer más daño que el cuchillo más filoso. Decir algo es hacer algo».
Me parece a mí que Kallifatides, y su abuela, tienen toda la razón. Las palabras nunca han sido inocentes en las grandes tragedias de la humanidad, más bien todo lo contrario: han sido las abanderadas, las instigadoras y las que han justificado, luego, los crímenes más atroces.
El derecho de los ciudadanos a expresar su opinión y a criticar el poder, del que hablaba Voltaire, es realmente lo que se llama libertad de expresión, como dice Kallifatides, y es uno de nuestros derechos fundamentales. Sin embargo, ese derecho no te da licencia para insultar, despreciar, humillar a otra persona. Porque más importante que cualquier derecho o libertad individual es el Otro. Esa es la frontera.
«Ahí hay siempre una frontera natural: el Otro. En todo lo que digas, en todo lo que hagas, has de tener en cuenta al Otro. Naturalmente, puedes ignorarlo, pero eso tiene sus consecuencias. Una de las más comunes es la hostilidad, el odio y, en algún momento, incluso la guerra. Y que te ocultes detrás de Voltaire, no ayuda».
Y sigue Theodor Kallifatides:
«Si queremos entendernos unos con otros, ante todo debemos aceptar que el otro existe y que es probable que crea en unas cosas distintas a las que creemos nosotros. En una relación de igualdad no hay sino derechos recíprocos y obligaciones recíprocas. Respétame para que te respete, escúchame para que te escuche».
El Otro ha de ser el límite natural y el lindero de nuestros actos y nuestras palabras. El Otro sí que es algo que está por encima de todo, hablamos del Otro, en realidad, cuando hablamos de igualdad y de derechos, de valores democráticos. Y ese Otro es cualquier Otro, al margen de su color, origen, religión, nivel cultural, sexo o género y de si tiene papeles o no los tiene.
La democracia no es votar cada cuatro años. Es cuidar del Otro, tenerle en cuenta y respetarle en toda su dignidad de ser humano. Porque en ello va todo lo que somos, todo a lo que aspiramos y todo lo que nos jugamos, no como sociedad, o pueblo, o país, sino como especie humana.
El libro de referencia es:
«Otra vida por vivir», Theodor Kallifatides, Galaxia Gutenberg, 2019.
La imagen que ilustra la entrada es del fotógrafo Shantanu Kuveskar.
