Cosas por resolver

Seguramente tenga que ver con esa relajación y ese dejar ir previos al sueño. Entonces, aprovechando ese momento de debilidad, nuestro amigo el ego, siempre tan diligente, opina que es un buen momento para leerte la cartilla de cosas pendientes. Eso te genera ansiedad, que estés intranquilo e insomne por nada, porque no vas a resolver nada. Y si te duermes, quizá te despiertes a las 4 de la mañana sintiendo esa misma ansiedad. Y las cosas pendientes de resolver, que han estado esperando impacientemente a ver si te despertabas, aparecen de nuevo en tu mente siguiendo con su monólogo de antes, el que fue interrumpido por el sueño.

En realidad, todo eso surge de la confusión. Primero, deberíamos saber que la mayoría de esas cosas por resolver, si no todas, no son reales. Son ideas, problemas imaginarios que nuestro pensamiento inventa. Lo que está ahí encerrado esperando sorprendernos antes de ir a dormir no es la realidad, sino nuestra interpretación de ella, las ideas y creencias que atesoramos y que confundimos con notros mismos y con el mundo que nos rodea.

En segundo lugar, el verbo «resolver» es uno de los que más nos esclavizan, ¿no os parece? Este verbo construye, con el «debería» y el «tengo que», ese látigo con el que nos autoflagelamos de forma tan cruel. Son verbos desconectados del presente y que viven en el futuro. Pero nosotros no vivimos en el futuro, sino en el aquí y ahora. Difícilmente, aquí y ahora, podemos resolver algo del futuro o del pasado. Pero es que, además, son verbos que disfrazan nuestra experiencia de vida. Son verbos que fingen que la vida es un montón de cosas por hacer, resolver, arreglar, actuar, fijar, colocar, manejar, impedir… cuando la vida sólo nos pide vivirla, nada más. Ese es el único verbo válido, en realidad.

La idea de tener que «resolver» puede significar una gran carga para nosotros. Fuente de preocupaciones (otra palabra que remite al futuro) y ansiedad, porque parece que implica que hay que hacer algo urgentemente respecto de algo que parece importante. Y claro, hacerlo tirando de nuestra experiencia, o sea, del pasado. Pero nada es lo que parece, y resolver significa, en realidad, diluir, soltar, desligar, liberar (el solve latino) con el prefijo re-, que implica hacerlo de nuevo, volver a hacerlo. Hasta la palabra nos dice que no tenemos que hacer nada, solamente, soltarlo.

¿Y cómo podemos soltarlo? Pues seguramente prestándole atención. Muchas cosas nos generan ansiedad simplemente porque no les prestamos atención, las tenemos ahí, amontonadas, en nuestra mente o en nuestro corazón, haciendo ver que no están, desordenadas y polvorientas, quizá porque nos da miedo mirarlas, o pereza, o ambas cosas. Y si nos atrevemos a mirarlas es para «intentar resolverlas», otro acercamiento erróneo.

En cambio, si les prestamos atención, algo que sí que sucede aquí y ahora, y nos atrevemos a mirarlas y verlas, veremos al momento que todas esas «cosas por resolver» no son, en realidad, ni importantes, ni urgentes, ni reales. Habremos desmontado ese puzzle gigante que tanto nos pesa, volatilizando, resolviendo, en el sentido literal, cada una de sus piezas.

Es curioso cómo confundimos las imágenes que nos creamos en la mente, con los hechos que las provocan. Las grandes fuerzas mentales que nos dirigen son las creencias, heredadas o aprendidas. Esas creencias conforman nuestro comportamiento, dan lugar a bloqueos energéticos en nuestro cuerpo que a su vez se traducen en emociones, y luego en dolencias y en enfermedades, dependiendo de la intensidad, la duración y nuestra opinión sobre esa emoción. Las creencias son una adaptación al medio que nos envuelve, y que, sin embargo, han acabado sustituyendo a ese medio y tomando el control de nuestro inconsciente: solo las vemos a ellas, ya no vemos lo real. Y según ellas vivimos, juzgamos, nos juzgamos, decidimos y padecemos.

Las cosas «pendientes de resolver» que nos asaltan no existen, amigos. Quizá penséis ahora en vuestro inventario de deudas pendientes, de asuntos que esperan solución, y os digáis que ese listado os parece muy real. Lo parece, cierto. Pero es solo una forma que tiene nuestra mente de disfrazar lo único realmente pendiente: mirar adentro y atendernos, diferenciar entre lo que somos y lo que no somos, identificar al usurpador y agradecerle sus esfuerzos pero apartándole de los mandos, y, simplemente, vivir.

Aquí y ahora no tenemos nada pendiente de resolver. Todo eso es pasado o futuro. Lo que nos enferma, precisamente, es vivir pendientes de esos dos momentos que no existen y despreciar, ignorar, el único momento que sí. Existimos aquí y ahora, y eso no pide resolver nada, sino vivirlo.

La sobrecogedora ilustración que preside esta entrada es el Satán que Gustave Doré creó para el «Paraíso Perdido» de John Milton.

Deja un comentario