A los seres humanos nos gustan las cosas que suceden con rapidez, sin hacerse esperar, somos impacientes y siempre llevamos prisa, por lo tanto, apreciamos poco todo aquello que necesita su tiempo. Sólo con pensar algo, ya nos gustaría disponer del fruto de ese pensamiento. Y con las prisas y la impaciencia nos perdemos lo que es, el proceso, que como nos enseña la naturaleza, nunca termina, siempre está en marcha, generando y cambiando, transformándose. Queremos el fruto de la transformación, pero sin invertir nada en ella. Y eso es absurdo. El mundo no funciona así, ni nosotros mismos, como parte de la naturaleza que somos.
Darle a algo su tiempo significa ir sumando instantes y vivir cada uno intensamente, como si cada uno de ellos fuera el único, porque de hecho, lo es. Vivir el instante sin proyectar hacia el futuro, ni rebuscar en el pasado. Simplemente confiando. Aceptando lo que hay, asumiendo lo que soy, lo que siento o pienso, sin rechazarlo ni esconderme. Mirando hacia mi sombra, en lugar de cerrarla con llave y hacer como si no existiera.
Porque en nuestra zona de sombra está el secreto de nuestra luz, lo que pasa es que tendemos a vernos a nosotros mismos, y al mundo, como a una suma de «bueno»/»malo». Y eso no es real. Podríamos intentar verlo todo desde el prisma de que todo puede ser útil. ¿Útil para qué? Para que veamos lo que hay que ver, sin disimulos, ni miedo, ni desconfianza, ni juzgándonos duramente… todo lo que nos sucede pretende una única cosa: que miremos, y al mirar, veamos; y al ver, asumamos, nos responsabilicemos de lo que hay, y así podamos soltarlo y transmutarlo para ya no tener que verlo más. Es curioso cómo este mundo funciona de formas sutiles e indirectas. Y es posible que el objetivo último sea nuestra transformación, nuestra purificación, nuestra perfección. Pero pienso que no es eso lo que se nos pide, no es eso a lo que venimos, sino que es algo mucho más sencillo: se nos pide, simplemente, que miremos hacia la sombra y nos responsabilicemos de lo que hay ahí. Lo demás vendrá solo. Y ésa es la magia de este mundo. Porque lo que es realmente transformador es eso: mirar, ver, aceptar, asumir, responsabilizarse y soltar. Y no se trata de varias etapas que se suceden a lo largo del tiempo. Sorprendentemente, sucede todo a la vez cuando realmente miramos.
Todo lo que sentimos está en nuestra imaginación. Lo creamos nosotros mismos. Nada procede del exterior, ni es por causa de otras personas. Por lo tanto, solamente uno mismo puede asumirlo y transformarlo. No tiene sentido buscar culpables en nuestro entorno. Tampoco lo tiene anestesiar o rechazar una emoción que no nos gusta, que duele, que pensamos que no deberíamos sentir. Las emociones son energía muy poderosa, y como todos sabemos, la energía no se destruye, solamente se transforma. Rechazar lo que sentimos para dejar de sentirlo nos hace daño, porque ya lo estás sintiendo, es parte de tu experiencia de vida en este momento. Si lo sientes, es porque te toca sentirlo, aunque no te guste o te genere sufrimiento. No lo tapes, no lo rechaces. Siéntelo, asúmelo, reconócelo, acéptalo… ese sentimiento está ahí para enseñarte algo: cómo aceptarlo y cómo liberarte de él, soltándolo. No sentir no sirve para sentirse mejor.
Somos seres sintientes. Aceptarlo es importante. Ahora bien, todo ese aprendizaje de vida pasa por atrevernos a mirar dentro de nosotros mismos, a experimentar lo que somos sin miedo y siendo muy sinceros. Si lo que hacemos es pensar que nos sentimos de tal o cual manera porque ha pasado algo en el trabajo, o por culpa de no sé quién, y nos pasamos el día revolviéndonos en emociones y pensamientos basura que nos perjudican, nos estamos haciendo trampa, y una trampa mortal, además. Mirar hacia adentro, a nuestra sombra, reduce a nada todas las mentiras, las excusas y los juicios.
En eso se basa el «conócete a ti mismo» de todos los tiempos. Y ese conocimiento es fundamental porque nos lleva a asumir nuestra existencia, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que hacemos. Solamente entonces podemos hacernos responsables de ello, y así poder soltarlo, poder cambiarlo. Por eso habréis oído decir que asumir es sanar. Pero asumir es asumir, no pensar que asumes. El pensamiento siempre nos pone trampas al solitario: nos parece que perdonamos porque pensamos que hemos perdonado, pero no. Nos parece que asumimos porque pensamos que hemos asumido algo, pero tampoco. Pensar algo no es incorporarlo íntimamente a lo que somos. Pensar no nos transforma. Sólo los grandes pensamientos son transformadores, pero pocas veces nos atrevemos a pensarlos.
Así pues, os propongo verlo así:
- Date cuenta de lo que piensas o sientes. Míralo. Todo lo que sucede, sucede para eso.
- Hazte cargo de lo que piensas o sientes, asúmelo sin excusas ni juicios. Acéptalo. Responsabilízate por ello.
- Suéltalo. Así descubrirás que nada es lo que piensas o sientes y que lo que piensas y sientes procede de tu propia imaginación y es, solamente, una opción entre muchas.
Todo puede ser más simple. Buscar la verdad es incompatible con querer tener razón. Esa verdad que buscas está dentro de ti, esperando. Para acceder a ella solamente tienes que apartar lo que te impide verla. Y lo que te impide verla es lo que piensas que eres.
Post data: La sinceridad, la confianza y la humildad siempre son de ayuda.
