Qué difícil es reconocer en el otro a un hermano, ¿verdad? Son muchas las tradiciones religiosas que enseñan que, aunque difícil de reconocer, esa es la realidad. El otro es como yo, no nos divide ni nos separa nada, es la misma esencia recubierta de la misma materia, funcionando con la misma energía sutil, pensando con la misma mente, viviendo la experiencia del ser consciente dentro de la misma Consciencia. Si nos alejamos de nuestro personaje terrestre, esa es la única forma posible de ver a la Humanidad y, aún más allá, a todo ser vivo. La misma Vida siendo vivida a través de miles de formas distintas, pero constituidas con la misma base y sometidas a las mismas leyes. Formas distintas, esencias idénticas. ¿Dónde está, pues, la diferencia?
La diferencia está en nuestro pensamiento, en nuestra interpretación de la realidad, en nuestra percepción errónea. Precisamente porque cuando miramos al mundo no vemos la realidad de lo que es, sino nuestra interpretación, a partir de una percepción equivocada: la percepción de la separación. Nos dejamos engañar por la forma y no vamos más allá. Es cómodo pensar que todos los seres vivos son diferentes a nosotros, a mí, y establecer una escala entre ellos, los que tienen más valor y los que menos. Imagino que solamente así podemos maltratar a muchos de ellos, eliminarlos, quitarles la dignidad y la vida innecesariamente o de formas crueles, despreciarlos, hacerles sufrir.
Lo mismo ocurre con nuestros congéneres humanos. Si les quitamos el alma, si les vemos como a seres distintos de nosotros, si incluso generamos miedo hacia ellos, y, consecuentemente, odio, animadversión, rechazo, asco, desconfianza o cualquier otra emoción nociva nacida del temor, entonces ya estamos autorizados a maltratarles, ignorarles, herirles, atacarles. No son como nosotros, no son como yo, es más, son mucho peores. No merecen otro trato que el maltrato, porque si llego a confiar en ellos, a acercarme, me herirán, me robarán o me matarán.
Parecería que solamente una mente enferma puede funcionar así en este mundo. Y así es, porque sufrimos una enfermedad que se llama separación, división, una enfermedad que nos lleva a percibirnos distintos y superiores (o a veces inferiores), pero siempre diferentes, como si en un Universo donde todo es interdependiente, y la Naturaleza nos lo enseña así, un individuo aislado pudiera tener sentido y sobrevivir. Individuo, precisamente, quiere decir todo lo contrario del significado que le damos a la palabra. Significa «no dividido».
Hay una única Consciencia. Hay una única Mente. Hay una única Voluntad. Hay una única Voz, el Verbo, la Palabra, el Pensamiento. Hay un único Espíritu que insufla la vida a todo lo que vive. Una única energía (la energía Reiki), una única esencia, una única materia… y todo ello, expandido en miles de formas distintas que experimentan la unidad a través de la diversidad. ¿No es maravilloso?
Y todo está a nuestro servicio, al de todos, simplemente para que nos demos cuenta de ello.
¿Sabéis lo único que no hay, en este Universo? No hay ego. No existe el ego, es un error de ubicación, de percepción, de interpretación. Es fruto del miedo, miedo a experimentar, a vivir, a las distintas opciones. Es carencia, es impotencia, es enfermedad. Es una mentira, y vivimos esclavos de esa mentira, cerrándonos a la experiencia real de unidad, aquí y ahora. Mientras veamos la irrealidad y no la realidad, estaremos enfermos porque seremos irreales, no aceptaremos lo que es. Y enfermos no sólo mentalmente, sino también emocional y físicamente. Y lo estamos, de hecho.
¿Seremos capaces de mirar al otro, a nuestro hermano, y de no ver solamente a un hermano -que ya sería un paso-, sino de vernos a nosotros mismos en él? ¿Seremos capaces de escucharle y entender lo que de verdad nos está queriendo decir, más allá del miedo y de las apariencias? Porque lo que pensamos al mirar al otro no es aquello que el otro es, sino lo que nosotros tenemos en nuestra mente. Y a partir de eso le juzgamos, juzgándonos a nosotros mismos. Si fuéramos capaces de entender todo esto y asumirlo…
He leído una frase que me ha dado qué pensar:
«El mensaje que tu hermano te comunica depende de ti. ¿Qué te está diciendo? ¿Qué desearías que te dijese? Lo que hayas decidido acerca de tu hermano determina el mensaje que recibes».
Todo un reto, que exige de nosotros un compromiso serio en el día a día. Un compromiso con la realidad y con el conocimiento, por encima de la percepción.
