Todo es perfecto. Todo, en el mundo, en el Universo, es perfecto. Esta afirmación sorprendente puede que nos incomode, o que nos planteemos que sólo alguien viviendo fuera del mundo real pueda expresarla con convicción. Sin embargo, amigos, es así. Y la trascendencia de que sea así es tan grande que no se puede transmitir con palabras. Todo es como tiene que ser porque todo es como es, y, por lo tanto, no podría ser de otra forma. El Universo, el mundo en el que vivimos, es perfecto porque está completo. Eso es lo que quiere decir la palabra perfecto, precisamente, algo que está completamente hecho y acabado, sin falla alguna.
Si lo pensamos bien, paso a paso, es posible comprenderlo. La Naturaleza puede ser también nuestra maestra en este empeño, como lo es para tantas cosas. Todo lo que existe en este mundo ya existe, ya es. Fijaos cómo nada es creado de cero, e igualmente, nada desaparece. Hemos escuchado muchas veces este concepto referido a la energía, que ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Pero esta verdad afecta a todo cuanto existe, porque todo es energía más o menos densa, también lo que llamamos materia y vemos y tocamos como algo sólido.
En este mundo ya está todo completo, perfecto: no se crea nueva agua, ni nueva tierra, ni nuevo oxígeno, tampoco se crea nuevo conocimiento, ni nueva conciencia, ni nuevo amor… todo está ahí desde siempre. Nada sobra, nada falta. Nada es creado de cero y, consecuentemente, nada es realmente destruido en el sentido de desaparecer, de volatilizarse, de dejar de existir.
«Como es arriba es abajo, y como es abajo es arriba», dice la Tabla Esmeralda de los herméticos. Y es lógico, porque todo en este mundo es un fractal y un símbolo de otra cosa. Lo pequeño y lo grande son lo mismo, funcionan igual, su cualidad de existencia es la misma. Desde nuestras células, desde los átomos y sus ínfimas partículas, a los planetas y las galaxias. Todo está hecho de lo mismo, todo funciona con la misma inteligencia y de igual modo.
No adquirimos nuevos conocimientos, o más conciencia, en nuestra búsqueda espiritual. No se trata de adquirir nada, se trata de saber mirar y así, poder ver lo que ya está ahí, esperando a que nos demos cuenta. Todo está ahí, todo es, simplemente. Todo está a nuestra disposición.
Pero, entonces, ¿qué hemos de hacer? ¿Recolocar las piezas, como si fuera un puzzle? ¿Elegir bien las piezas útiles y desechar las inútiles? ¿Hacer «desaparecer» las piezas que nos parecen falladas aunque sea arrinconándolas? Porque si echas un vistazo al mundo, no parece que todo sea perfecto: guerras, hambre, insolidaridad, inconsciencia, irresponsabilidad, crímenes contra los seres indefensos… Ah, qué difícil es ver perfección en este mundo, ¿verdad? No es suficiente con mirar estrellas, puestas de sol o flores, aunque efectivamente todas ellas son símbolos de esa perfección.
Lo que ocurre es que nuestra mirada es subjetiva, no es objetiva. Y que no existe un mundo objetivo al que podamos mirar. Por eso seguramente habréis oído que el mundo, en realidad, es fruto de nuestro pensamiento. Siempre, siempre, lo que vemos depende de cómo lo vemos, desde dónde, partiendo de qué creencias, valoraciones e interpretaciones. Y desde ahí, también, hacemos y actuamos, por supuesto. Nuestros pensamientos mediatizan nuestra visión del mundo y nuestra acción en él, por eso es tan difícil que todos pensemos igual o interpretemos de la misma manera algo que sucede. Todo en nosotros, en cada uno de nosotros, es subjetivo, particular e intransferible.
¿Y entonces, qué podemos hacer? Realmente algo mucho más sencillo, aunque nos cueste tanto hacerlo. Lo que podemos hacer es darnos cuenta, mirar y ver, ser conscientes de lo que es. No hemos de cambiar nada, no hemos de desesperarnos ni enfadarnos, no hemos de recolocar las piezas. Fuera de cada uno de nosotros, todo es como es. Lo que sí podemos cambiar es la forma de mirarlo y verlo, la forma de juzgarlo e interpretarlo. Si miramos y vemos, si nos damos cuenta de cómo funciona todo esto, si somos conscientes de cuál es nuestro papel y lo asumimos, si somos capaces de entender que no somos nuestra mente, sino que ésta es solamente una herramienta más de las que disponemos, si tomamos el mando de nuestro ser dejando al ego sentado en un rincón para cuando lo necesitemos… entonces, al mirar, podremos ver lo que realmente es y no nuestras ideas, y si eso ocurre seremos uno con todo. Ahí es cuando se cumplirá en nosotros la perfección y cuando ya no necesitaremos desesperarnos por recolocar las piezas, porque seremos conscientes de que, en verdad, cada una ocupa su lugar desde siempre.
Miremos, simplemente. Miremos hacia adentro, hacia lo que somos, para poder verlo. No para pensarlo o juzgarlo, sino para verlo. Si dejamos de ser seres condicionados por nuestro pensamiento, por nuestra interpretación y nuestro juicio sobre todo, llegaremos a un lugar de paz, inmenso, donde habita el silencio y que es, también, nuestra casa. Eso es lo único que hemos de hacer, siguiendo la antigua máxima de «conócete a ti mismo» -ahora, en este instante, no en el pasado o en el futuro-, para así conocer el Universo y a los dioses. Cultiva ese conocimiento, sin prisas y sin expectativas, porque sólo el ego espera algo en todo el Universo.
Conócete a ti mismo. Aprende a conocer a ese personaje tuyo que vive tu vida. A través de la atención y la honestidad es posible. Una y otra son los ojos de la consciencia. Conoce lo que eres, conoce tu ignorancia, conoce lo que ya no quieres pensar, sentir, ser… No lo rechaces, simplemente deja de identificarte con ello. Obsérvalo y abrázalo, sin rechazarlo, pero sin asociarte más a ello.
No hemos venido a cambiar el mundo -no podríamos hacerlo de ninguna manera-, sino a cambiar la forma en que lo vemos y lo juzgamos, y lo que somos en él. Ya eres lo que tienes que ser. Sólo necesitas darte cuenta.
