Creer y no creer

Un amigo cuenta la anécdota de que, hace años, trabajó en el colegio salesiano de mi pueblo un cura que un día fue a verle, lleno de abatimiento. Le contó que los niños con los que él trataba en el colegio tenían un grave problema «de fe». Mi amigo no entendió muy bien a qué se refería, y al pedirle más detalles, el cura le contó que en la confesión, los niños admitían sin ningún problema que «no creían». Mi amigo todavía se ríe al recordarlo. Lo que sucedía era que los niños del colegio salesiano de mi pueblo, ajenos todavía a lo que eran los pecados de verdad y viéndose en la necesidad de admitir alguno, en la confesión, le decían al padre: «no creo». Claro, en el catalán de Menorca, el verbo creure, creer, significa tanto creer como obedecer. Los niños confesaban en realidad que no eran obedientes con sus padres, o sus mayores en general. No se trataba de un problema de fe, como el pobre salesiano pensaba, sino de falta de obediencia infantil.

El verbo creer, creure en catalán, es un verbo con muchos matices. Proviene del latín credere, y está formado por dos raíces indoeuropeas. La primera es kerd-, que significa corazón, y de la que procede también la palabra griega καρδια (kardia), con el mismo significado. La otra raíz es dhe-, que significa poner. Así pues, lo que creemos es algo que ponemos en nuestro corazón, y también, algo en lo que ponemos el corazón. Bonito, ¿verdad?

Estos días previos a la campaña electoral para las elecciones municipales y autonómicas en Baleares y otras comunidades de España, he escuchado en varias ocasiones que tal o cual persona «no cree» en la política, o en las elecciones, o en el hecho de ir a votar, o en la democracia… En un pueblo, en cualquier pueblo, las elecciones sirven para decidir quién gestiona el interés común, en manos de quién ponemos las cosas que son de todos y las decisiones que nos afectan a todos. Esas decisiones afectan no solamente a cosas tan cotidianas como si tendremos facilidad para aparcar el coche o será misión imposible, o si los adornos de Navidad serán bonitos y alegres o no, o si las calles están limpias y son amables para las personas o si están sucias y pensadas solo para los vehículos. Todo esto es importante y necesario, pero esas decisiones tienen más alcance.

Afectan a cosas mucho más trascendentales, como si nuestra madre tendrá el cuidado sociosanitario que necesita, si habrá pisos a precios asequibles para que los jóvenes se independicen o si las familias podrán tener escuelas infantiles gratuitas para los más pequeños de la casa… entre muchas otras cuestiones vitales.

Uno puede «no creer» en ciertas cosas que desconoce y no ha experimentado, pero ¿cómo se puede «no creer» en la responsabilidad que tenemos todos en el bien común? Ser responsable significa dar respuesta, y esa respuesta está formada, socialmente, por derechos y deberes, y todos, unos y otros, son importantes y no existen sin su contraparte. Exijamos ser ciudadanos con derechos y deberes, no usuarios, clientes, consumidores, contribuyentes, pacientes… y toda la retahíla de sustantivos que nos trocean y nos hacen pasivos y sumisos. Pero tampoco pensemos que podemos hacerlo solos.

El individualismo, que es una de las grandes mentiras de la modernidad, está haciendo estragos. Una mentira como esa, a fuerza de repetirla, puede convertirse en un virus que mata todo intento de construir una sociedad basada en la colaboración, en el altruismo, en el interés común… sin esas cualidades no somos nada, individuos solitarios, temerosos y a la defensiva, pensando que es verdad que el hombre es un lobo para el hombre y que cada cual tiene que espabilar como pueda. El pez rápido se come al lento, el grande se come al pequeño. Y así…

Pero es imprescindible la fe para vivir. Y ella es, en gran parte, el antídoto. Esa palabra tan maltratada por algunas religiones, que han abusado de ella y la han utilizado a su favor, pero no la han explicado nunca. Al final, la fe es lealtad y confianza… y eso no es algo que se exige, o que se ordena, es algo que se construye y también, algo con lo que se construye un edificio social, familiar, de relaciones, de vida, sólido y viable.

«En verdad, nada podemos conocer sin el concurso de la fe, y quien no la posea en absoluto nada puede emprender. Jamás hemos visto que el escepticismo y la duda hayan edificado algo estable, noble, duradero.»

Fulcanelli, «Las moradas filosofales»

No se puede vivir sin creer, sin querer conocer, sin confiar, no podemos vivir sin la esperanza de que todo puede ser mejor, de que nuestros hijos crecerán y serán personas decentes y tendrán un trabajo que les guste, de que cuando seamos mayores y desvalidos la sociedad cuidará de nosotros. Necesitamos confiar en algo que es más grande que cada uno de nosotros y que, socialmente, ordena y organiza los recursos para que lo fundamental no se quede sin hacer. Es cierto que el sistema tiene muchos fallos… lo construimos nosotros día a día, y estamos lejos de la perfección. Los fallos son parte del sistema como lo son de nosotros mismos.

Por eso es tan importante poner el verbo ser por encima del hacer y del tener. Si somos, lo demás va a ser menos complicado, sin duda. Y la sociedad, nosotros en conjunto, dependemos de ello.

Es imprescindible creer. La fe en que queremos y podemos hacerlo mejor es lo que nos mantiene de pie, viviendo, luchando, respondiendo adecuadamente, teniendo hijos y educándoles para el futuro. Para un futuro mejor. ¿Cómo se puede «no creer» en eso?

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