A lo largo de nuestra vida masónica, quienes trabajamos dentro del Rito Escocés Antiguo y Aceptado lo hacemos en logias simbólicas -del 1º al 3º Grado- y filosóficas -del 4º Grado al 33º-, pero siempre dentro de la coherencia y la tradición iniciática de este Rito en concreto, de entre los muchos que hay.
Está claro que la diferencia entre los grados simbólicos y los filosóficos existe, y no es solo una distinción exterior fijada además por potencias masónicas distintas. Cuando uno llega al 4º Grado nota inmediatamente que está en otro lugar, no solo en otro Templo, que lo está, puesto que en cada Grado reinan unos símbolos y unos colores distintos, sino que tiene efectivamente la sensación de haber pasado a una dimensión diferente.
Pero, ¿cuál puede ser la diferencia entre los grados simbólicos y los filosóficos de un mismo Rito? Para explicarlo de forma simple y a la vez rigurosa, podríamos decir que los tres grados simbólicos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado (Aprendiz, Compañero y Maestro) trabajan la mente y el corazón, o sea, preparan la tierra que es el iniciado. El paso del mundo profano al estado de iniciado significa una muerte psíquica, que se va profundizando en cada grado hasta el 3º.
Mientras que en los grados filosóficos (del 4º al 33º), en cambio, se trabajan el Alma y el Espíritu, o sea, procuran que la semilla sembrada en esa tierra limpia de escorias crezca y fructifique, y desarrolle todo su potencial espiritual. Y en esos grados el masón debería, si quiere completar su instrucción debidamente, pasar al laboratorio alquímico para operar sobre una materia distinta a sí mismo, pero que sufrirá el mismo proceso de transformación. Y más. Veamos.
El Aprendiz
El Aprendiz se sitúa en la columna del norte, en la oscuridad y el silencio, dedicado a la introspección y al uso de la plomada: conócete a ti mismo. Su trabajo es interior, su actitud debe ser la atención consciente y la percepción pura, siendo poroso y absorbiendo lo que se dice y lo que ocurre a su alrededor. Su trabajo no es aprender, sino observar y callar, siendo el aprendizaje una feliz consecuencia de su correcta actitud. No aprenderá porque quiere o porque busca, sino porque se deja.
Tiene muy pocas herramientas. De hecho, casi exclusivamente dispone de su capacidad de percepción y se le pide confianza. Es inexperto, está deslumbrado por el brillo profano, desconoce todo de sí, está sumido en la oscuridad y no reconoce nada de lo que ve en el Templo.
La plomada la indica que debe sumergirse en su propia verticalidad para encontrar su centro y desde allí empezar a observarse, interrogarse, tomarse medidas e intuir qué es lo que “sobra”, lo que debe empezar a ser desbastado. El trabajo del Aprendiz consiste principalmente en eliminar, desbastar, vaciar… En eso consiste, en gran medida, la vía iniciática, en deshacernos de todo lo que nos impide ser lo que somos.
El Aprendiz está acostumbrado a conocer, en el mundo profano, de una forma intelectual. Pero todo el conocimiento adquirido hasta su iniciación es inútil en ese nuevo paisaje que habita. Deberá abrirse a nuevas influencias y nuevas formas de conocer: los símbolos, la intuición, el mito, las imágenes, la alegoría, la cábala fonética… todas ellas son puentes que se tienden delante de él para ponerle en conexión con realidades naturales y ciertas, con las respuestas que desde siempre los hombres han buscado y encontrado fuera del pensamiento literal y pretendidamente objetivo.
Practicando la recomendación del VITRIOL (Visita Interiora Terrae Rectifincando Invenies Occultum Lapidem) deberá aprender a observarse y rectificar. Quizá su mente racional y científica al uso se rebele… pero si no se entrega a esas nuevas formas de conocimiento y de lenguaje, todo será inútil. Y esa recomendación del VITRIOL, que conoció al sufrir la prueba de la tierra, antes de entrar en el Templo, le servirá a lo largo de todo su camino iniciático.
El Compañero
El Compañero deberá dar un paso más. Sin perder esa plomada, esa vertical de sí mismo recién estrenada, sin dejar de observarse y desbastarse, el Compañero deberá añadir el resto del mundo a su estudio y abrirse a los demás y a lo que le rodea.
El “mundo objetivo” también le reclamará un acercamiento distinto al del pensamiento científico pretendidamente neutral: tendrá que descubrir que esa neutralidad no existe y que toda visión del mundo es simplemente eso, una visión y una forma de explicarlo, imposible de separar de quien la practica. Deberá descubrir que las preguntas y las respuestas son siempre las mismas, y que han tomado vestidos distintos dependiendo del tiempo y del lugar, sin dejarse engañar por las apariencias y por la aparentemente contradictoria y opuesta dualidad.
El Compañero empieza a enlazar la mente con el corazón, ya que el estudio de los otros le habla también de sí mismo y de la imprescindible fraternidad no solo entre seres humanos, sino entre todo lo que está vivo. Empezará a ser productivo dentro de la Logia, y deberá comenzar a dar, ya no dedicándose nunca más solo a recoger, como cuando era Aprendiz.
Deberá perder el miedo, atreverse, salir, interrogar, concluir, familiarizándose con la Naturaleza y sus procesos, imitándola, desentrañando sus vías ocultas, sin dejarse deslumbrar por la luz y buscando, también, en la oscuridad, en la madriguera.
Prepararse y aprender, ese es el deber del Compañero, como explicamos en «Observad y callad«.
El Maestro
El Maestro tendrá la dificultosa tarea de encontrar el equilibrio perfecto entre mente y corazón, potenciando éste último y confiriendo al amor fraternal el protagonismo absoluto. Su obligación primera es la de dar, y la caridad -el amor fraternal- es su bandera.
El proceso seguido deberá haber tenido otros resultados visibles: el Maestro será comedido, dueño de sí mismo, vigilante de sí mismo, humilde, responsable y respetuoso, paciente, dispuesto a rectificar, amable… el Maestro sabe que su obligación no es enseñar, sino mostrar, y que para ello el ejemplo es fundamental. Esa será su gran deber, en realidad, el de ser ejemplar.
El Maestro acaba con el proceso de vaciado, de reubicación del ego y la propia personalidad, ha dispuesto la tierra donde sembrar y ha eliminado impedimentos para que la semilla fructifique. Se ha acercado mucho a los grandes secretos, los ha rozado, intuido… ya está casi preparado para afrontarlos: tiene las herramientas, ha aprendido la técnica del trabajo, ya sabe trabajar y conoce la piedra sobre la que trabaja. La materia prima y la técnica le son conocidas, sabe y puede, solo le falta atreverse a dar el último paso y, por supuesto, callar.
Transición a los grados Filosóficos
La transición entre los grados simbólicos y los filosóficos es abrupta por el hecho de que unos y otros dependen de distintas potencias masónicas, sin embargo, desde el punto de vista estricto del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, la transición es suave y lógica, aunque impactante.
Los grados filosóficos entran de lleno, desde el 4º de Maestro Secreto, en el ámbito del Alma y del Espíritu, y en la actividad de éste sobre la materia. Entramos en la metafísica desde el conocimiento adquirido de la Naturaleza, aunque metafísico no quiere decir abstracto o simbólico: se trata de un trabajo muy positivo y concreto, de Alma y Espíritu considerados como parte activa en la transformación de la materia.
Hemos estado preparando la tierra, y la semilla sembrada, sin impedimentos, tiene vía libre para crecer y producir. Es el momento de empezar a construir algo distinto, de fortalecer lo que ha sido intuido y de profundizar en ello, y el trabajo práctico es la manera de hacerlo.
La piedra bruta ha sido desbastada y se ha convertido en una piedra cúbica perfecta. Ese es el símbolo de la humanidad completa, de la consecución de la mejor versión de uno mismo, el haber completado todo el potencial que la Naturaleza nos da. En el tránsito del 3º Grado a los grados Filosóficos, a esa humanidad completa o perfecta se le añade el componente espiritual que puede llevarla a una perfección aun superior. Es lo que simboliza la piedra cúbica piramidal: la perfección humana con el añadido del fuego espiritual, de la presencia consciente de una influencia espiritual, que sigue trabajando y transformando.
El pequeño yo ha sido confinado a su esquina y el gran Yo ha empezado a ocupar espacios. Eso es en lo que consisten los siguientes grados, traducidos en alquimia práctica interior y exterior. El Ser entra en escena, atraído por el trabajo precedente, invitado a vivir, crecer y reinar en ese espacio que ha sido convenientemente preparado para Él.
Oscuridad y Secreto
El Rito Escocés Antiguo y Aceptado nos sumerge desde el principio en dos conceptos relacionados: la oscuridad y el secreto. Y eso no cambiará desde el 1º al 33º, aunque ambos conceptos se vayan enriqueciendo a medida que se avanza en la escalera.
Lo oscuro, lo tenebroso, las tinieblas de la muerte y de los infiernos, se llaman en griego σκοτός… o sea, σκοτια. El Rito Escocés Antiguo y Aceptado comparte con ese bello y brumoso país, Escocia, su nombre: como el mismo país, es oscuro, tenebroso y muchos de sus grados tienen que ver con las tinieblas de la muerte. Es un rito escondido, cubierto, que es lo que significa la raíz indoeuropea de oscuro: (s)keu-. Por eso los Trabajos en todos los grados del rito se hacen siempre “a cubierto”, en secreto.
Esta palabra – secreto – tiene dos raíces indoeuropeas: s(w)e- es un pronombre de la tercera persona, reflexivo: suyo, sí mismo, como el latín “sui”: que pertenece a uno mismo, que actúa por sí solo. Así, secreto, está formada por se + cerno = que es cribar, separar. Secreto es pues algo que se separa, se criba, a sí mismo. La otra raíz es skribh- que también significa cortar, separar, distinguir.
Cribar significa, en efecto, diferenciar, separar, seleccionar… pero también quiere decir: tamizar, colar, filtrar, limpiar, depurar.
Por lo tanto, a patir del 4º Grado -el primero de los grados Filosóficos-, lo que tenemos entre manos es algo que se ha separado de lo demás, se ha filtrado, limpiado, depurado… es una cosa similar a lo que la envuelve, pero distinta, y está oculta en la oscuridad. ¿Cómo la descubriremos? ¿Cómo sabremos lo que es?
El proceso de transformación es paralelo al trabajo alquímico. La materia prima, vil y caótica, es gradualmente purificada, ordenada, transformada, dando lugar a algo más puro: la piedra blanca y, posteriormente, a algo todavía más puro, lo más puro entre lo puro: la piedra roja o piedra filosofal.
Solve et coagula
Juan el Bautista dice en los Evangelios que es preciso que él mengüe para que Jesús/Cristo pueda crecer, igual que ocurre en el camino del sol marcado por los solsticios. La semilla en potencia del Espíritu pasa al acto, el iniciado recupera su alma y con ella la posibilidad real del crecimiento en la escala del Ser. Por eso se dice siempre que el premio al trabajo iniciático es uno mismo.
Así, todo el camino consiste en diversos solve et coagula. La disolución filosófica, o sea, regeneradora, realiza la purificación absoluta del ser imperfecto. Todo el camino consiste en morir y renacer, la misma sustancia -nosotros- somos sometidos por el fuego a distintas etapas en que esa sustancia, aun siendo la misma, se transforma y perfecciona. Todo el camino se basa, pues, en disolver el cuerpo y espiritualizarlo, y, a la vez, corporeizar el espíritu y fijarlo. Y no es una metáfora, ni en nosotros mismos ni en el trabajo alquímico, sino que es algo que sucede en paralelo, como una especie de prueba del 9.
Y todo esto ocurre sobre el pavimento mosaico, que está siempre presente en la Logia nos encontremos en el Grado que nos encontremos, del 1º al 33º. El pavimento mosaico es la dualidad, la materia, el mundo terrenal de la Naturaleza, donde debemos operar y sin la cual el progreso del Ser sería imposible. Por eso es importante realizar aquí y ahora nuestro trabajo.
La actividad del Espíritu
Todos los grados filosóficos, del 4º al 33º, muestran, mediante leyendas, símbolos y rituales distintos, ese largo trabajo de perfeccionamiento y fecundación de la materia por parte del Espíritu, hasta la consecución de la piedra filosofal, o del ser humano universal. Porque desde el principio hasta el final, el iniciado en la Masonería y, en concreto, en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, deberá realizar un doble trabajo: sobre sí mismo primero, y sobre la materia prima de los alquimistas después, reconociendo la unidad del proceso y de la técnica, en los cuales él es parte necesaria e imprescindible, aunque no conozca completamente, porque es imposible, lo que está ocurriendo, cómo está ocurriendo y por qué.
El Espíritu se encarna en la materia porque la necesita, quizás porque sin ella no puede conocerse a sí mismo, como si la materia fuera sus órganos de percepción. Y la materia necesita al Espíritu para elevarse, para cumplir con su potencial y para volver a casa, en su forma más sutil y luminosa. Ambos se necesitan para co-crear el mundo y completarlo, perfeccionarlo, reunir lo disperso y llegar más allá, donde uno solo de ellos no llega.
“El Verbo se hizo carne y habita en nosotros”
“Om Mani Padme Hum”
“La joya está en el loto”… como el loto está en el fango.
¡¡El hombre debe ganarse la posesión de la joya!!
La materia debe hacer su parte, trabajar, trabajarse, disolverse, convertirse en una sepultura-cuna nutricia y rica para acoger la semilla, el alma, y despertarla, darle cobijo y alimento. Solo así el Espíritu bajará efectivamente para anidar y crecer dentro de la materia, para fecundarla, solo después de esa purificación por el fuego, porque no puede vivir ni brillar entre inmundicias.
En la madriguera simbólica
Como dice el Maestro Fulcanelli: “El nacimiento enseña poco, pero la muerte, de la que nace la vida, puede revelárnoslo todo. Ella sola detenta las llaves del laboratorio de la Naturaleza; ella sola libera al espíritu, encarcelado en el centro del cuerpo material”.
“Tan solo a la muerte le pertenece el porvenir”.
Sin duda, por eso la muerte forma parte del Rito Escocés Antiguo y Aceptado de principio a fin. Y es a través de varias muertes simbólicas como debemos adquirir el conocimiento de lo real. No olvidemos que estamos bajo tierra, dentro de la madriguera, donde la vida se recicla y resurge siempre nueva y siempre igual a sí misma. Oscuridad y secreto.
Es el reino de las riquezas, donde reinan Plutón (el Hades romano) y Perséfone (Proserpina), donde se genera todo lo que vemos luego a la luz del sol, donde se crean las estructuras de la manifestación que vemos y sentimos, ese armazón único con el que luego concuerda todo lo exterior. El objetivo es, desde la luz del sol, desde el pavimento mosaico, reconocer esa plantilla y también, admirar y comprender su armonía y su belleza.

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