Quienes tenemos la suerte de vivir en una democracia, muy a menudo somos extremadamente críticos con ella. Seguramente no nos falta razón, sin embargo, vale la pena tener claro que este sistema es, en la práctica, el menos malo de los que conocemos y, en la teoría, el mejor de todos con diferencia. La democracia se sustenta en unos valores, en unos principios, que nos dan a quienes vivimos bajo su paraguas una dignidad y un estatus ciudadano que pocas veces se ha visto en la historia de la humanidad.
La democracia nació en la Grecia clásica, en Atenas, concretamente, hacia el siglo V antes de nuestra era. Desde entonces se ha definido y redefinido muchas veces, y no siempre ha sido entendido el concepto bajo los mismos parámetros. Sin embargo, la etimología de la palabra deja claro su fundamento: es el gobierno del pueblo, son los ciudadanos quienes manejan su propio destino político y tienen el poder de cambiarlo en sus manos.
Abraham Lincoln contribuyó a afinar más su definición al decir que era un gobierno «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo«, aunque siempre ha habido debate en torno a quiénes forman «el pueblo» y a si la voluntad de la mayoría puede ser todopoderosa, hasta el punto de ignorar por completo a las minorías.
Atajar el abuso
Los valores esenciales de la democracia tienen un ímpetu transformador que a veces, desde la cómoda sensación de que es algo que nos viene dado y que no tiene marcha atrás, tendemos a olvidar. Pedro Olalla, en un libro del que podréis encontrar la referencia completa al final de esta entrada, recuerda, siguiendo a Platón y a Sócrates, que consiste en «tratar de conciliar, mediante la palabra, el interés del individuo con el del ciudadano«, dos conceptos que son distintos aunque recaigan en las mismas personas, o sea, en cada uno de nosotros. Ser ciudadano nos dota de derechos y deberes, y tendemos a olvidar estos últimos para imponernos, como individuos, por encima del interés común.
Igualmente, la democracia aspira a «atajar el abuso de los poderosos» y en ella no debería tener cabida la tendencia hacia la insolidaridad, ni la mezquindad de quienes toman decisiones políticas, ni la defensa de intereses partidistas o particulares ni, por supuesto, la corrupción. Y todo eso, naturalmente, es aplicable no solo a los políticos, sino a todos y cada uno de nosotros, que somos corresponsables en el funcionamiento del sistema.
Nuestros vicios
«Por nuestros vicios, y no por azar, hace tiempo que hemos perdido la República, aunque de nombre sigamos manteniéndola», advertía Cicerón. República entendida como la cosa pública, o sea, lo que es de todos y a todos incumbe. Esta frase podemos aplicarla hoy a la democracia, tan vaciada de su esencia y su razón de ser que a veces es apenas reconocible… Eso sí, cada cuatro años somos llamados a las urnas. Y en ese gesto de meter la papeleta en la urna cada cierto tiempo se ha quedado, en gran medida, el mejor sistema de gobierno inventado nunca.
Por nuestros vicios y no por azar la mantenemos desnutrida, alejada de los principios éticos que le son propios y la justifican y fundamentan. Y al deterioro moral y la tendencia a la insolidaridad se une la renuncia ciudadana a tener el poder de decisión, y así se hace efectiva la cesión de la responsabilidad social y ciudadana en manos ajenas. Estamos dimitiendo de tener el poder de decisión y de que nuestra voluntad pueda influir en el bienestar de todos… en aras de la comodidad. ¿Qué podría salir mal?
Las citas que recoge Olalla en este libro, de Cicerón y otros pensadores latinos y griegos sobre la política, la democracia y la «cosa pública», dejan claro que esos vicios culpables, hoy, de democracias necesitadas de respiración asistida, son los mismos de siempre.
Los principios fundamentales
Sin embargo, Pedro Olalla recoge también los principios fundacionales de la democracia, esos valores esenciales que la fundamentan y le dan su razón de ser. Y son unos principios que nunca debimos desconocer, y mucho menos, olvidar. Leedlos en voz alta, veréis qué bien suenan en griego:
- Isonomia: la igualdad política
- Isegoria: la igualdad en el uso de la palabra
- Parrheboule: la voluntad de participación en lo común
- Eunomia: la vocación de la ley por la justicia
- Dike y Aidos: el sentido de la justicia y el de la vergüenza, repartidos por la divinidad a todos como fundamento de la soberanía
- Dikaiosyne: la justicia en sí misma, cuya falta es el único mal verdadero y cuya existencia conduce a los hombres a la única felicidad posible en la tierra
- Seisachtheia: la supresión de las deudas que conducen a la esclavitud
- Eleos: la piedad, esa otra igualdad ante el dolor y la desgracia ajenos, prueba de que existe la dignidad humana
- Paideia: la educación, en su sentido de cultivo permanente de la personalidad y de las facultades
- Aristeia: la excelencia como proyecto personal y colectivo
- Eleutheria: la libertad como atributo alienable del ser humano
- Eudaimonia: la felicidad como realización plena de la persona y como razón de ser del Estado.
Algunos de ellos ni nos suenan, y otros han quedado descafeinados por el camino. Pero que un sistema político tenga como principio fundamental «la felicidad como realización plena de la persona«, y que eso sea una «razón de ser del Estado«, ¿no os parece maravilloso? ¿No os hace sentir muy en deuda con este sistema y abocados a jurarle lealtad y, en lugar de criticarlo, levantaros de la silla y salir a trabajar por hacer que esos principios, cada uno de ellos, sean una realidad?
Después de todo, la felicidad es lo que buscan, lo que buscamos, todos los seres humanos que llegamos a este mundo desorientados, desnudos, frágiles y condenados a morir.
«La vocación de la ley por la justicia«, por buscarla y aplicarla, no por hallarla casualmente por el camino, si acaso. «El sentido de la justicia y el de la vergüenza» como fundamento de la soberanía, porque son atributos que todos tenemos. La educación, la igualdad, la excelencia, la libertad, la dignidad… como bases de la realización plena de la persona y, también, como bases del proyecto colectivo. Proyecto colectivo… ¿Cuál es el nuestro? ¿Lo habéis pensado? ¿Tenemos, siquiera, alguno?
Work in progress
La democracia no es un sistema hecho, completado, cerrado. Eso no existe. Como todo sistema vivo, está en desarrollo, se hace -lo hacemos- cada día. Ni es un regalo que cae del cielo, ni lo merecemos porque lo hemos heredado, ni está ahí al margen de nuestra forma de pensar y ver la vida. Igual que somos seres humanos en su proceso de formación y perfección, también las democracias y el concepto de ciudadanía lo están. No hemos llegado a la meta, ni mucho menos, y deberíamos ser conscientes de que somos nosotros, con nuestras acciones y compromiso, o con la falta de él, quienes ponemos cada día una piedra nueva en ese edificio llamado democracia, en nuestra sociedad humana, en nuestra convivencia, en nuestro crecimiento como personas, en nuestro presente y en el futuro de las generaciones que están por venir. De nosotros depende si esa piedra le da estabilidad o es una amenaza para todo el conjunto.
Por eso, Olalla recuerda que «por nuestros vicios, y no por azar«, nos encontramos donde estamos ahora, en un paisaje bastante alejado de esos valores fundamentales de un sistema ideado, en palabras del autor, «para que el ser humano pueda aspirar a realizarse como animal político, un sistema que aspira a corregir las injusticias derivadas de la desigualdad económica y social usando como medio la igualdad política, pensado para tratar de conseguir la igualdad y la libertad de las personas a través de la máxima identificación entre los gobernantes y los gobernados, que propugna que el interés común sea definido y defendido por el conjunto de la sociedad».
Un sistema altruista que creó la política como el arte de conciliar la voluntad de todos para combatir el egoísmo.
Pero el poder establecido, sea el que sea -financiero, económico, religioso, ideológico- nunca ha podido soportar unos principios que atentan contra su supervivencia. Y vemos cada día al monstruo de siete cabezas luchando por ahogarlos, por ahogarnos a nosotros con ellos: esos principios le molestan solamente porque estamos nosotros detrás, porque esos principios nos favorecen e igualan, y nosotros somos, para ese monstruo, «los otros». Carne de cañón.
He decidido que voy a poner esos 12 principios, impresos y enmarcados, en algún lugar visible de mi casa, para tenerlos bien presentes y recordar, cada día, que no es suficiente con sentarme en el sofá y criticar «lo que ocurre», porque lo que ocurre depende de cómo, cada uno de nosotros, practica esos principios en su vida, en su forma de pensar y ver el mundo y a los demás.
El libro de referencia es:
«De senectute politica, carta sin respuesta a Cicerón», Pedro Olalla, Acantilado, Barcelona 2018.
