Manos, palmas y poder

¿Cuál es el poder que hay en la palma de la mano? Seguramente ahora os miraréis vuestras manos, giraréis las palmas hacia arriba, y pensaréis… «¿Poder? Ninguno». Pero no es exactamente así… nuestras manos tienen el poder de dar y recibir, y en el mundo del simbolismo, esas dos acciones complementarias están bien definidas. Seguro que os habéis fijado en las manos de algunos personajes de la historia, la mitología, la religión… en cómo las han inmortalizado los artistas en pinturas y esculturas, en frescos, en bajorrelieves… las manos tienen mucha importancia y sus gestos, su postura, transmiten información… Pero, no sólo información! Las manos, y ese es su principal cometido, transmiten, establecen un circuito consigo mismas y con el exterior, para, principalmente, dar y recibir. Veamos cómo el simbolismo trata eso que puede parecer tan cotidiano…

Si lo pensáis bien, las manos tienen un gran protagonismo en nuestra vida, no solo como herramientas para agarrar, hacer, señalar, llevar, acariciar o herir, dar y recibir, sino también en nuestro lenguaje. Muchas frases hechas se refieren a las manos: es mano de santo; es su mano derecha; no me temblará la mano; tiene mano izquierda; te echaré una mano; llegaron a las manos; pedir la mano; esto es de segunda mano…

La raíz indoeuropea de la que proviene mano es man-, que significa coger, contener, y que da lugar a muchas palabras. Pero esa misma raíz también da lugar a la palabra hombre, como vemos aún en algunos idiomas modernos. Queda claro que la mano es un atributo humano…

Pero yendo más allá, también la palabra manifestación contiene la misma raíz. Así, la manifestación, el mundo manifestado en el que vivimos, es aquello que puede ser asido con la mano… con la mano del hombre. Y no solo asido, es también aquello sobre lo que la mano domina, actúa, realiza, transforma.

«La mano de Dios», de Rodin.

Visiones de la mano

Según el «Dicionario de Símbolos» de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, la palabra hebrea iad significa a la vez mano y potencia, y la mano sería también emblema de maestría.

En correspondencia con el árbol de las Sefirot de la Cábala hebrea, que son las emanaciones y atributos que forman la manifestación, la mano izquierda de Dios se relaciona con la Justicia, mientras que la derecha se relaciona con la Misericordia. Ambas manos se relacionarían, así, con el poder sacerdotal -la mano derecha, que bendice- y el poder regio -la mano izquierda, que imparte justicia-. Es interesante que la mano pueda servir tanto para crear como para destruir… la mano divina, claro, pero también la mano del hombre.

«Dextera domini», la mano derecha de Dios, en la iglesia románica de Sant Climent de Taüll.

El atributo humano por excelencia también se utiliza, pues, para simbolizar lo que llega a este mundo desde arriba, lo que la divinidad concede o impone.

Isidoro de Sevilla, en sus «Etimologías», asegura que la mano se llama así (manus) porque está al servicio (munus) de todo el cuerpo, ella realiza y regula los trabajos, nos alimenta, y está relacionada con el arte y con el salario. Dice, también, lo siguiente:

«El nombre de la diestra viene de ‘dare‘, por ella se da la prenda de la paz, ella se ofrece en testimonio de fidelidad y de salud (…). En cambio, la izquierda (sinixtra), se denomina así como si dijéramos «sin diestra», o tal vez porque permite hacer las cosas, en cuyo caso ‘sinixtra‘ derivaría de ‘sinere‘ (permitir)»

Dice también que «la mano con los dedos extendidos se llama palma (…), que recibe su nombre de las ramas extendidas de la palmera».

Queda claro que ambas manos tienen cometidos distintos, y es especialmente interesante esa referencia de San Isidoro a que la mano derecha hace, mientras la izquierda le permite hacer.

En la logia

En la Masonería, donde todo es símbolo y rito (etimológicamente esta palabra significa orden), la labor de cada mano, derecha e izquierda, está bien delimitada. Con la mano izquierda se recibe, mientras que con la derecha, se da. En relación a eso, se utilizan las dos manos para recoger o prender la luz de una vela, ponerse al orden, utilizar las herramientas simbólicas, disponer las manos en la Cadena de Unión, etc.

Esto tiene relación también con las dos columnas que existen en el templo y a lo largo de las cuales se sientan los miembros, según su grado, la del Norte y la del Sur simbólicos, respectivamente situadas a la derecha y a la izquierda del Oriente, donde se sienta el Venerable Maestro.

Los Oficiales que se sientan en cada una de esas dos columnas ejercen Oficios relacionados, también, con el uso de la mano derecha y la mano izquierda. Por ejemplo, el Maestro de Ceremonias, que se sienta en la columna del sur, debe llevar la vara en la mano izquierda, mientras que el Experto, que se sienta en la columna del norte, debe llevar la espada con la mano derecha. Un día hablaremos más concretamente de todo esto.

San Miguel, con su espada siempre en la mano derecha.

Las palmas

El filósofo británico Peter Kingsley traduce uno de los poemas del sabio griego Empédocles (siglo V a.C) en el que las «palmas» de las manos tienen una importancia simbólica fundamental en la enseñanza iniciática. De ello hablamos, en parte, en esta entrada: La enseñanza esotérica.

Esto es lo que el sabio le dice a su discípulo Pausanias:

“Las palmas -tan estrechas y apretadas- se derraman sobre los miembros de la gente. Pero incontables cosas carentes de valor siguen irrumpiendo en sus preocupaciones y ellos las mitigan. Durante sus vidas contemplan una breve parte de ellas y después desaparecen: tras una vida breve, se desvanecen como el humo, absolutamente convencidos de las cosas con las que se cruzan mientras son conducidos de un lado a otro, por todas partes. Y creen en vano haber encontrado el todo. Del mismo modo, la gente no puede ver ni oír ni entender conscientemente lo que yo tengo para enseñar.

Pero en cuanto a ti: ya que te has apartado hasta aquí, aprenderás. La capacidad mortal no puede ir más allá”.

Las «palmas» derraman algo sobre el cuerpo de los mortales, nosotros. Se entiende que son las palmas de la divinidad, que se extienden hacia nosotros con algún ofrecimiento. Esas palmas que se derraman sobre nuestros miembros no podemos verlas, pero nos permiten ver y reconocer todo lo demás, explica Kingsley. Somos seres percibientes, la percepción es nuestra aportación al Universo, que a través nuestro se percibe a sí mismo.

Dice Kingsley que para los antiguos griegos, la palma no era sólo el hueco de la mano, sino que también se refería al

“Poder firme que saca ventaja y la mantiene incluso en las situaciones más difíciles, a la constancia que se las arregla para dominar con calma en vez de someterse a cualquier dominio. Al mismo tiempo, era la parte del cuerpo que usaban los artistas y los artesanos para manipular, dar forma, perfeccionar; era lo que les permitía transformar de un momento a otro la materia bruta en una obra de arte mediante los ajustes más sutiles. Era el instrumento necesario para dar expresión a su Sabiduría»

“Las palmas derramándose sobre el cuerpo de la gente” evoca con gran delicadeza lo que eran famosas escenas de la poesía de Homero -explica Kinglsey-, escenas que describen cómo, en circunstancias excepcionales, “las cualidades divinas pueden ser concedidas en forma de dones a los seres humanos al derramarse sobre su cuerpo”.

En la Alquimia se habla específicamente del «don de Dios», que permite iniciar los trabajos de transformación de la materia bruta para, tras un largo periodo, conseguir la piedra filosofal. A pesar de la profusión de imágenes y símbolos utilizados por los alquimistas para velar y revelar los materiales necesarios y el proceso alquímico en sí, no suelen figurar ese «don de Dios» en imágenes.

Sin embargo, las manos sí tienen importancia en el simbolismo alquímico, referidas a partes de la Obra, a acciones a realizar por el alquimista o, también, a intervenciones divinas en el proceso.

Dos artesones con simbología alquímica entre los muchos que estudia Fulcanelli en su obra «Las moradas filosofales». Pertenecen al artesonado del castillo de Dampierre-sur-Boutonne, en la región francesa de Nouvelle-Aquitaine.

Si “las cualidades divinas pueden ser concedidas en forma de dones a los seres humanos al derramarse sobre su cuerpo”, entonces, los humanos somos “seres agraciados por los dioses con un potencial en el corazón de nuestro ser; con el don de la Sabiduría, que penetra nuestros cuerpos y nos hace virtualmente divinos”, expone Kinglsey, y es una promesa que mantiene la esperanza de los iniciados, ese «ya que te has apartado hasta aquí, aprenderás«, de Empédocles. Pero, en cambio, nuestras vidas son una contradicción y anulan su propio potencial: esto es lo que el iniciado debe revertir y reconducir, aprovechando eso que se derrama desde arriba sobre él y que debe hacer resonar algo en su interior, despertándole.

El faraón Akenatón

Que las manos están relacionadas con el poder divino está claro desde siempre. Seguro que habéis visto imágenes de lo que se ha llamado el «Período de Amarna» del Egipto faraónico (1353 a 1336 a.C.), la «revolución» protagonizada por el joven faraón Akenatón, que instauró el culto al Sol, Atón, por encima de los demás dioses, a los que dejó de considerar; fundó una nueva capital del país y dejó su huella en un estilo artístico totalmente distinto al de los demás periodos del Egipto faraónico. Estuvo casado con Nefertiti, seguramente la esposa real más famosa de la historia egipcia.

Akenatón y Empédocles no se conocieron, pero ambos tuvieron la misma «visión».

Akenatón, Nefertiti y sus hijas, en una escena familiar, recibiendo los rayos de Atón en forma de manos que, en algunos casos, les ofrecen la llave Ankh de la vida eterna.
El Sol, Atón, irradia su poder sobre toda la creación -en forma de manos, con las palmas hacia la Tierra-, los seres y las cosas.

Parece inevitable pensar en estas imágenes cuando leemos lo que dice Empédocles sobre las «palmas» que se derraman sobre nosotros con el beneficio de la vida y la regeneración. Y tampoco puedo evitar, al verlas, pensar en esa promesa del sabio a su discípulo: «ya que te has apartado hasta aquí, aprenderás».

Después de todo, este es el objetivo, este debería ser: aprender, todo lo que podamos para acercarnos al Conocimiento, subir hasta el límite de nuestra capacidad mortal, humana, para, después, ver cómo podemos seguir acercándonos a la Verdad. Porque la promesa sigue vigente, y las «palmas» derramándose sobre nosotros dejan claro que no se limita a este mundo.

La energía universal

La imposición de manos es fundamental en la iconografía y el ritual de la iglesia católica. La práctica se recoge ya en el Antiguo Testamento y se refiere a muchas acciones: para bendecir, consagrar ofrendas, ordenar al sacerdocio, para sanar o para infundir el Espíritu Santo.

La imposición de manos se lleva a cabo también en otras iglesias cristianas, principalmente en el bautismo, pero también para otras acciones similares a las citadas, y se encuentran referencias a ella en muchos versículos de la Biblia, del Antiguo y del Nuevo testamento y, concretamente, en los Evangelios, que narran la vida de Jesús.

«Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades se los llevaban a Él; y poniendo Él las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba».

Lucas 4: 40

Jesús no utilizaba sus manos solamente para sanar a los enfermos, según los Evangelios, sino también para infundirles el Espíritu Santo y bendecirles.

El Reiki consiste en eso, precisamente. En imponer las manos sobre otra persona para transferirle una energía muy concreta, la energía del Universo. Quien impone las manos es solamente un canal a través del cual circula esa energía.

La palabra japonesa Reiki está formada por dos conceptos. Rei significa «universal, sin límites», mientras que Ki es la energía vital, la energía del Universo. Es la energía de la que hablan todas las tradiciones, la Prana de los hindúes, el Chi de los chinos, el Espíritu de los cristianos, la Χ (ji) griega de las tradiciones herméticas, el «agua que no moja las manos» o el mercurio de los alquimistas…

La técnica del Reiki canaliza esa energía a través de las manos, para ayudar en dolencias varias, físicas, mentales y anímicas, reequilibrando la energía de nuestro cuerpo a través, básicamente, de los chakras (nuestros enchufes, para decirlo brevemente).

Es la clásica imposición de manos, lo que hacía Jesús de Nazaret, y se conoce desde tiempos inmemoriales. Es un camino de sanación y desarrollo espiritual (Reikido) que fue fijado en un método y una técnica en Japón por el Dr. Mikao Usui (1865-1926), y sobre el que puedes leer más aquí: «Sobre Reiki, Zeus y el mercurio«.

En el ritual de ordenación de los sacerdotes de la iglesia católica, la imposición de manos es una de las partes más importantes y significativas. Tanto es así, que al parecer, por temor a que la imposición de manos a los fieles y a los necesitados se confundiera con la específica que se realizaba en la consagración sacerdotal, la primera fue prohibida. «Lo que pueba la importancia dada a este gesto ritual y la amplitud de su significación», dice el Diccionario de Símbolos citado más arriba.

Igualmente, en la Eucaristía, el momento más importante y simbólico es el de la consagración, cuando el sacerdote, mediante la imposición de manos sobre el pan y el vino y el recitado de las palabras que pronunció Jesús en la última cena, invoca al Espíritu Santo y se produce «el milagro de la Transustanciación«, o sea, cuando el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, aún cuando conservan su apariencia normal y todas las cualidades de esos alimentos.

«La disputa del Sacramento», por Rafael Sanzio, Ciudad del Vaticano. Observad las manos de Cristo. Aunque en menor medida, las manos de todos los personajes comunican algo.

Podríamos no acabar nunca… pero hay que hacerlo. Terminaremos diciendo que la mano reúne en su simbolismo todas las dualidades que expresa el hombre en sí mismo, y como el hombre, también el mundo. Es pasiva en lo que contiene y es activa en lo que tiene; recibe y da, acaricia y hiere. Y volviendo a lo que decía más arriba Isidoro de Sevilla, hace y permite hacer.

El hombre, como artesano de este mundo, tiene el poder en su mano. Como semilla de la divinidad, además, recibe y puede utilizar el poder que se le derrama desde arriba.

A mí me parece una visión maravillosa y esperanzadora, que debería hacernos realmente conscientes de cuál es nuestro poder, nuestro doble poder: llegar al límite de nuestra capacidad como mortales y, aún así, poder ir más allá. Esta es la promesa: «Tú que te has apartado hasta aquí, aprenderás«. Porque aunque, «la capacidad mortal no puede ir más allá«… tú, de alguna manera, sí puedes: aprenderás.

La referencia del libro de Peter Kingsley es: «Realidad». Ed. Atalanta, 2021

«Diccionario de símbolos», de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant. Ed. Herder, 1986

La imagen principal de esta entrada es un detalle del cuadro titulado «Papilla celeste», de la magistral Remedios Varo. Os lo pongo aquí completo.

«Papilla celeste», de Remedios Varo. Mientras la mano izquierda manipula el artilugio que recibe el «suero de estrellas» y lo convierte en papilla celeste, la mano derecha es la que la ofrece a la Luna.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Sin duda! Gracias por comentar!

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  2. Creo que Remedios Varo es una de las pintoras españolas mas brillantes… Saludos desde Valencia.

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