¿Qué sabéis sobre los dragones? Son animales míticos y muy simbólicos tanto en Oriente como en Occidente, implicados siempre en acontecimientos fundamentales, como el nacimiento de la Tierra o la custodia de los tesoros. La cultura popular les ha tratado un poco mal, porque desde varios ámbitos, también desde la Iglesia, se les ha querido equiparar siempre al Maligno, a Satanás. De hecho, es lo que nos explican y lo que pensamos, en Occidente, cuando vemos al esforzado San Miguel ensartando al pobre dragón con su lanza: el Bien vence al Mal.
Pero, por suerte, nada es tan simple. El mundo de la simbología está lejos de las dicotomías morales y, en cambio, se encuentra lleno de matices muy significativos.
El guardián
El dragón es siempre el guardián de los tesoros y de las princesas prisioneras. En todos los cuentos que han sido y son, los tesoros se ocultan en cuevas o antros subterráneos, normalmente, y están custodiados por un dragón muy fiero al que el héroe deberá vencer para hacerse con el tesoro o con la princesa en apuros. O con ambos.
La imagen nos es muy familiar, pero el nombre del héroe cambia según culturas y épocas: San Jorge, San Miguel, Marte, Teseo, Jasón, Hércules… todos ellos tuvieron que vencer al dragón o morir en el intento, según la suerte de cada uno. El mito es el mismo, porque la verdad hacia la que señala es una y la misma. Y sí, tiene que ver con la alquimia. Veréis.
«Ab insomni non custodita dracone»
«Fuera del dragón insomne, las cosas no están custodiadas»
Así reza uno de los bellos artesones del castillo de Dampierre que Fulcanelli estudia en «Las moradas filosofales». En el artesón vemos a un dragón con aspecto extraño, parece poco peligroso, es pequeño, y le ruge a un árbol con frutos… pero no nos dejemos engañar porque su lengua de fuego puede quemar todo alrededor. Aun con esa pinta rara y sus dos únicas patas, queda clara su fuerza por el grosor del cuello, sus alas membranosas, sus dientes y sus garras afiladas, y esa lengua en forma de flecha. Este ser es el guardián de las cosas que importan, de lo que tiene valor, y no solo, quizás, valor material. Fuera del dragón insomne, las cosas no están custodiadas… solo el dragón que no duerme guarda bien los tesoros.
Pero, ¿por qué le ha tocado ese trabajo al dragón?

¿Qué característica básica debe cumplir un buen vigilante?
Lo dice la palabra: estar en vigilia, vigilar. Pues eso es lo que hace como nadie el dragón, estar siempre despierto y alerta, no dormir jamás. Su nombre en griego es δραχον (drakon), palabra que viene del verbo δερχομαι (derkomai), que significa ver, mirar, y, dice Fulcanelli, por exetensión, vivir.
Este verbo está muy cerca, fonéticamente y por significado, de la palabra δερχευνης (derkeines): que duerme con los ojos abiertos. Ideal para quien vigila un tesoro. Siempre despierto, activo, intensamente vivo y vigilante.
El despertar
Es muy importante el hecho de que el dragón pueda vivir sin dormir. ¿Sabéis que, según los Veda, eso es lo único que diferencia a los hombres de los dioses? Que los primeros necesitan dormir, mientras que los segundos, no. Si el hombre es capaz de quedarse en vigilia, podrá equipararse a un dios y por lo tanto, será inmortal.
Junto con los dioses, en la cosmogonía védica, solo hay otros seres capaces de velar y vigilar el mundo sin pausa: son los rsi, los primeros sabios, los maestros del ser conscientes. Es lógico, porque el sueño equivale a la pérdida de consciencia. Quien vigila el mundo debe estar en vela. Como un dragón, o como un dios.
Pero para las Upanisad, lo contrario de la vigilia no es el sueño como tal, sino esa otra vigilia insípida en la que estamos inmersos los seres humanos. Cuando dormimos, no estamos. Pero cuando estamos presuntamente despiertos, tampoco, porque no somos plenamente conscientes. Por ahí va la cosa. Despertar es ser consciente, prestar atención de forma intensa y constante.
Por eso el acto determinante de la vida de los hombres, para todas las tradiciones, es el despertar. En los Veda, los dioses velan, los rsi también velan, pero los hombres, duermen. Si el hombre alcanza el despertar se convertirá en un dios, porque ya son lo mismo, solo ese detalle -enorme, por otra parte- los diferencia: ser plenamente conscientes.
Mirad si es importante la vigilancia, que puede convertir a un hombre en inmortal… y a los dioses, según los Veda, esto no acaba de convencerles, es un riesgo para ellos, y a veces se oponen con todos sus medios a que el hombre alcance el despertar. Ese despertar es, precisamente, lo que busca alcanzar la iniciación en todas las tradiciones que han sido y son, una pequeña puerta por la que pasar al otro lado, lentamente, grado a grado, velo a velo. Por eso ese despertar iniciático es representado mediante una muerte y un renacimiento simbólicos.
Ni la potencia, ni la inmortalidad, ni el conocimiento nos acercan a los dioses. Sólo la posibilidad de estar despiertos.
«Los dioses no duermen, a los hombres no les es concedida la ausencia de sueño. Basta esto para volver vanas las pretensiones humanas con un toque de ironía: no sólo os espera la muerte, ni siquiera sois capaces de no dormir», dice Roberto Calasso en «El ardor»
Gilgamesh, mortal por haberse dormido
Gilgamesh el héroe mesopotámico del que un poeta escribió las hazañas hace más de 3.700 años, buscaba la inmortalidad, y no por ansia de poder, sino, simplemente, por miedo a la muerte. Para conocer el secreto tuvo que pasar por muchos peligros, perder a su amigo Enkidu y finalmente visitar al único hombre inmortal que existía, Uta-napishti, quien vivía «en los confines del mundo».
Una de las cosas que éste le dice al joven es que, si quiere la inmortalidad, deberá estar seis días sin dormir. Una prueba en la que el joven fracasa, ya que se duerme casi al principio. Cuando le despiertan, encima, intenta engañar al viejo, que le hace volver a casa, decepcionado.
Pero antes, le cuenta que puede tener otra oportunidad de ser inmortal, si consigue recoger una planta de espino que crece en el fondo del Océano Inferior. Lo más maravilloso de la historia es que Gilgamesh consigue alcanzar esa planta y hacerse con ella, no sin dificultad, y sin embargo, la pierde de la manera más tonta: mientras se baña en un estanque, el aroma de la planta atrae a una serpiente, que se la roba. Se alejó, así, toda posibilidad de ser inmortal para el joven incapaz de mantenerse despierto.
Y curiosamente es la serpiente, prima cercana del dragón, quien se lo impide.
La doncella
En la imagen principal de esta entrada, vemos al dragón fiero amenazando a un joven héroe a caballo, con una cueva a sus espaldas y una doncella cerca. Siempre hay una princesa en apuros que necesita ser liberada del dragón y que simboliza la pureza. Sin embargo, en este caso, la muchacha no parece correr mucho peligro, fijaos en la imagen:

Vaya, para nuestra sorpresa, la joven lleva a la bestia atada con una correa, como si fuese un perrito. Esto no evita que el héroe a caballo y con armadura le clave al monstruo su lanza.
Fulcanelli, en «Las moradas filosofales», y a raíz del artesón del que hemos hablado más arriba, equipara al dragón con la materia prima de los alquimistas. Materia misteriosa de la que nunca hablan abiertamente, sino de forma metafórica y simbólica, porque es el gran secreto de la alquimia. Pero la describen como negra, escamosa, con puntos negros o amarillos, volátil (el dragón tiene alas) y que vomita fuego y humo cuando se la ataca, como hacen los dragones… Esta materia es, dice Fulcanelli, el «guardián y único dispensador de los frutos herméticos. Es su depositario y conservador vigilante», exactamente lo que hace un dragón con el tesoro que vigila, como vemos en el artesón de Dampierre.
La materia prima y la pureza
Esta relación de la muchacha/princesa con el dragón me recuerda a esas imágenes de la Inmaculada Concepción que muestran, a sus pies, una bola negra, una media luna hacia arriba o hacia abajo y, también, una serpiente o dragón, a veces con el pie de la virgen, ostensiblemente, sobre la bestia. ¿Os habéis fijado?


Bien, para la Iglesia, la explicación canónica es la misma que cuando San Miguel ensarta al dragón con su lanza, pero el símbolo va más allá y remite a la alquimia, reuniendo en una sola imagen todas las características de la materia prima de los alquimistas, que también es María (como vimos en «Agua, mar, madre, materia» y en «Del caos a la perfección«). Lo que el filósofo tiene que hacer con la materia prima es limpiarla, purificarla, para conseguir que le dé el fruto que ansía.
Simbólicamente, la virgen, la princesa del cuento o de la imagen de más arriba, la serpiente, el dragón, el mercurio alquímico y la materia prima de los alquimistas son lo mismo, la misma materia misteriosa en momentos diferentes de su transformación en piedra filosofal, en lo puro de lo puro -púrpura- y lo más perfecto entre lo perfecto. Por eso la princesa que veíamos lleva al dragón de la correa, como si fuese un perrito, porque no es un peligro para ella… si acaso, lo sea para el caballero, que simboliza el azufre, su antagonista. La muerte del dragón tiene un claro significado: el caballero y la princesa podrán unirse porque son similares y ya nada en el uno amenaza al otro.
El dragón es hijo de Tifón y Equidna, que es la víbora, por eso más arriba decía que el dragón y la serpiente son primos. Según Fulcanelli, «obtiene de su padre su naturaleza cálida, ardiente y sulfurosa, mientras que debe a su madre su complexión fría y húmeda». Un ser simbólico híbrido, una materia secreta que contiene en sí todo lo necesario para la Gran Obra: unas cualidades opuestas que deberán reunirse y complementarse.
El murciélago
Las alas membranosas del dragón lo emparentan también con el murciélago, un primo lejano que tiene, sin embargo, un rasgo fundamental totalmente contrario al del dragón: es ciego, o casi. Efectivamente, los murciélagos duermen de día y cazan por la noche, pero se orientan gracias a un sofisticado sistema de eco localización, como los delfines. Los murciélagos emiten ondas sonoras por su boca o nariz, ondas que rebotan en los objetos y les dan a ellos información precisa sobre las distancias. Algunos dicen que son ciegos y otros dicen que tienen cierta visión, pero que no utilizan los ojos para ver, sino que «ven» gracias a la eco localización.
Seguro que habréis visto un murciélago en los escudos de varias ciudades más o menos conocidas: Barcelona, Valencia, Palma de Mallorca, Fraga, Albacete y otras, generalmente relacionadas con la antigua Corona de Aragón. El escritor Robert Graves, que como sabéis vivió hasta su muerte en el pueblecito mallorquín de Deià, le preguntó una vez, por escrito, al maestro sufi Idries Shah, sobre la relación entre el murciélago y el rey Jaime I el Conquistador, que había entrado en Palma con los caballeros Templarios -quienes lo habían instruido en la sabiduría-, y el pequeño mamífero alado como emblema.
La respuesta de Shah es sorprendente, porque a pesar de que el murciélago es, efectivamente, «ciego», lo habían tomado los propios sufis como emblema de vigilancia, dado que vigila de noche mientras los demás duermen. Para ellos, según Idries Shah, su vigilia equivalía a la vigilia de los iniciados: «mantiene despierta la atención espiritual dormida en los demás».
El mismo objetivo que se le había impuesto a Gilgamesh, seguir despierto, aunque fracasó, y lo mismo que dicen los Veda sobre cómo el hombre puede alcanzar la inmortalidad: despertando. Lo que buscan los iniciados de todas las tradiciones y de todos los tiempos.
El murciélago podía indicar, desde luego, vigilancia, también en el caso de un rey que había sido instruido por los Templarios -muchos de ellos, sufis- y que hablaba árabe con fluidez. El murciélago real era también una especie de guiño a los propios sufis, ya que identificaba a Jaime I como uno de ellos. Pero es que, además, el casco del rey estaba coronado por un dragón alado, reforzando así la idea de atención permanente y vigilancia.
Lo esotérico y lo exotérico
Claro, la leyenda popular habla de otro tipo de vigilancia: el murciélago alerta al rey de la presencia del enemigo, al que así puede vencer. Pero uno y otro significado, el pragmático y el simbólico, desde luego, no se excluyen. Lo importante es que estando despierto, el rey vence, en la batalla y en lo espiritual.
Como siempre, lo exotérico (visible, exterior) y lo esotérico (lo escondido) van de la mano y pueden rastrearse casi en paralelo, tocándose y separándose en varios puntos, porque se entremezclan como los mechones de una trenza.
El dragón insomne no es una amenaza, no representa al Mal, sino que nos presta un gran servicio, al guardar y conservar unos tesoros que no son solamente símbolos y herencia del pasado, sino que también señalan a una realidad concreta y física, la de la transformación de la materia, que es una y la misma. El dragón guarda el secreto principal de la Naturaleza para aquellos de nosotros que queramos atrevernos y despertar.
