Lo que queremos cambiar

«Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
valor para cambiar lo que soy capaz de cambiar
y sabiduría para entender la diferencia»

No está clara la autoría de esta cita tan conocida, podéis ver las opciones aquí.

Es posible que en esta archiconocida plegaria, llamada «plegaria de la serenidad», se encierre gran parte de la sabiduría humana para vivir en este mundo y hacer frente a las paradojas con que nos encontramos. Todos queremos cambiar algo, todos vemos aspectos de este mundo que no nos gustan, que son injustos, que deberíamos manejar de otra manera para alcanzar la felicidad que, al fin y al cabo, es lo que todos buscamos. Sin embargo, qué difícil es cambiar las cosas, ¿verdad? Quizá nos estemos equivocando en el foco…

La etimología de la palabra «cambio» es curiosa. Viene de la raíz indoeuropea (s)kamb- y quiere decir «curva». En latín era cambium, con el sentido de hacer trueque, dar una cosa por otra, pero se cree que el latín recogió este término del celta, como ocurrió con las palabras «cama» y «gamba», que vienen de la misma raíz, haciendo referencia también al sentido de curva.

Un cambio es una curva, desviar algo del curso que hubiera seguido una situación, la vida de una persona, lo que sea, de no haber intervenido nosotros o el destino.

Miedo y atracción

¿Cuántas veces al día utilizamos la palabra «cambio» o el verbo «cambiar»? Referidas a nosotros mismos, a nuestra vida, o a un objeto, o a una actitud, o a una situación a nuestro alrededor o en el mundo. Queremos cambiar lo que no nos gusta, pero los cambios también nos dan miedo, porque somos animales de costumbres y los hábitos, lo que conocemos, lo que «siempre ha sido así» nos reconfortan, aunque no sean situaciones ideales. Sabemos que no vivimos nuestras vidas en línea recta, y que el destino nos tiene muchas curvas reservadas, después de todo.

Pero los humanos somos en cierta manera prisioneros del verbo «cambiar», como los somos del verbo «hacer«… lo que ocurre es que normalmente no ponemos el foco donde deberíamos y acabamos con la sensación de haber conseguido pocos cambios en realidad.

Me dice un amigo que es muy difícil conseguir que algo cambie a tu alrededor. Algo importante, que ayude, por ejemplo, a mejorar la calidad de vida de las personas, o a llevarlas a un estado de felicidad, de plenitud, de mayor consciencia… y es totalmente cierto. Podemos conseguir mejoras puntuales, coyunturales, quizá para ciertos individuos en concreto, pero nada demasiado significativo, ni global, ni colectivo. Y me hace la siguiente reflexión: «Ni siquiera Jesús, siendo quien era, consiguió cambiar realmente lo que ocurría a su alrededor».

El sujeto del cambio

Es complejo todo esto, entran en juego muchos aspectos de la vida y de nuestra capacidad de inteligencia y acción. Su reflexión me recuerda a algo que leí en un manual sobre el doctor Mikao Usui, quien fijó el método y la técnica del Reiki, en Japón, a principios del siglo XX. Al darse cuenta del poder sanador y reequilibrador de esta energía universal que permanentemente cae sobre nosotros como lluvia fina, se dedicó a ayudar a los mendigos de la ciudad donde vivía. Sin embargo, detectó que esas personas seguían volviendo a recibir Reiki, sin que sus vidas cambiaran realmente… las mejoras que él les proporcionaba a sus males eran solamente temporales, y todo volvía a empeorar al poco tiempo… lo que esto le enseñó a Mikao Usui fue algo muy, muy importante: que para que ocurrieran cambios en las personas y por lo tanto, en sus vidas, era indispensable que esas personas quisieran y estuvieran dispuestas a cambiar algo. Nadie podía cambiarlo por ellas, su voluntad y participación activa eran necesarias.

Me parece justo que sea así, porque de lo contrario habría personas con el poder de cambiar cosas en los demás y por lo tanto en sus vidas, sin su conocimiento o participación. Cambiarlas hacia lo bueno, pero también hacia lo malo…

Como reflexionó el Dr. Usui, solo nosotros podemos cambiar lo que no nos gusta de nosotros mismos, o lo que nos hace infelices, o lo que podría mejorar… y eso tendrá efectos también en nuestra vida. Esa es también la base del camino iniciático: entras en él voluntariamente, sigues en él voluntariamente y el trabajo que haces es sobre ti mismo… recibes ayudas, sí, pistas, señales, pero tú decides, nadie lo hace por ti ni nadie puede andarlo por ti. De lo contrario no seríamos libres de equivocarnos o no.

Un poder limitado si es hacia fuera

Lo que ocurre es que muchas veces nos pierde el ansia por cambiar aquello que, en realidad, no podemos cambiar. Nuestro ámbito de acción es limitado, nuestro poder de ejemplo o de ayuda es limitado. No podemos cambiar las situaciones que nos son ajenas y no nos gustan, o nos entristecen, o significan sufrimiento para otros seres. Podemos cambiar solamente aquello en lo que estamos implicados, fundamentalmente, a nosotros mismos, nuestra actitud, nuestra visión, nuestro conocimiento, nuestra capacidad de empatía o de atención o de cuidado o de amor.

¿Qué ocurre? Pues ocurre que eso es difícil y requiere un gran esfuerzo personal. Requiere una vigilancia constante sobre nosotros mismos, sobre nuestras reacciones, requiere controlar nuestras palabras, que pueden ser destructivas, nuestras emociones y sentimientos; requiere poner a nuestro ego en su lugar, seguramente requiere pedir disculpas en muchas ocasiones, irse a la cama triste y defraudado con uno mismo a veces… y sobre todo, requiere mucho tiempo.

Sin embargo, creer que podemos cambiar algo exterior a nosotros nos da cierta ilusión de poder, cierta autosatisfacción. No lo conseguimos, por supuesto, pero en el fondo es igual: porque nos gusta vernos como salvadores de los demás, dar conferencias y consejos, opinar sobre cómo deberían vivir estos o aquéllos, qué es lo que hacen mal, qué es lo que podrían mejorar… esta hiperactividad transformadora en campo contrario puede ser un entretenimiento más o menos ocurrente, pero no conseguirá nada de valor. Los cambios auténticos, los que de verdad sirven para alcanzar la curva y caminar en otra dirección, ni pueden ser en campo contrario ni pueden ser colectivos.

Serenidad para aceptar y para cambiar

De ahí que la cita que abre esta entrada sea tan importante. Porque en lo que caemos a veces es en lo siguiente: como sé que no puedo cambiar nada, no intento cambiar nada. Ni a mí mismo, que, curiosamente, es lo único que sí tengo el poder de cambiar.

Y la cita introduce un segundo verbo básico: aceptar. Otro día hablaremos de él.

Lo otro, lo que podemos hacer por los demás, es ayudar, cuidar, atender, amar. Eso sí lo explicó Jesús de Nazaret –y espero que esto consuele a mi amigo– , y ahí sí que consiguió cambiar algo en la vida de mucha gente desde entonces, porque nos dio una llave. No hizo nada en nuestro lugar, no tomó una iniciativa que ha de ser nuestra, simplemente señaló una puerta. Tuvo el coraje de hablar del amor, y de cómo teníamos que tratarnos los unos a los otros, y de cómo esa llave era el secreto.

El amor es la única fuerza transformadora que existe con poder más allá de nosotros mismos.

(La imagen que ilustra esta entrada es un hermoso cuadro del pintor menorquín Carles Gomila)

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